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El Retiro: cuna de los sombreros de banano

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Foto: Lenín Ordoñez
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A 20 minutos de Machala, la capital bananera del Mundo, se encuentra una parroquia que descansa en la paz de sus pocas callejuelas, pero cuenta con todos los servicios básicos, que se alboroza con la alegría de su gente amable y que se interrumpe, periódicamente, con el ruidoso llegar de los buses que la acercan a la modernidad.

En este pacífico lugar ha nacido un emprendimiento que pretende ser, a más de un atractivo turístico, un potenciador de la economía de los cantones Santa Rosa, Pasaje y El Guabo.

Llegué allá, en compañía de mi profesor de emprendimiento, quien como yo, ama la aventura y había escuchado de un grupo de mujeres que confeccionaban productos en base al desecho de banano. Apenas salimos del colegio, a eso de las 13h00, un lunes algo frío, tomando la línea 20 que pasa cerca de nuestro centro educativo.

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El viaje place para descansar, mirando repetidamente el tapiz verde alrededor de la carretera, que se muestra apenas alcanzamos el sector Corralitos, pasando luego por La María, Motuche y, finalmente, El Retiro, en un bus repleto de niños inquietos que salían de su jornada de estudio en escuelas de Machala.

El colectivo nos dejó en el parque de la parroquia, un pintoresco y bien adecentado lugar donde, a esa hora, solo los pájaros brincoteaban y trinaban en los muchos arbustos.

Nos acercamos a una pequeña juguería a preguntar por la agrupación que confecciona sombreros y artesanías y una diligente señora nos dijo nombre y seña: Doña Felicia Mendía –nos indicó- es la encargada de ese proyecto. Nos sugirió que fuéramos a la escuela de la localidad, unas dos cuadras más al fondo, para que nos den alguna indicación adicional sobre el proyecto y por si alguna profesora pudiera ayudarnos a ubicarla.

Así lo hicimos. La jornada regular ya había terminado y encontramos a un puñado de profesoras, una de las cuales nos preguntó el motivo de nuestra visita y, apenas enterada de la razón, hizo una llamada directa, pues la conocía desde hacía mucho tiempo. Lamentablemente nos enteramos que doña Felicia había salido a realizar entregas de productos a Pasaje y Machala y regresaba a las 4 de la tarde.

Decidimos esperarla, pero aprovechamos para ir a comer algo. Nos dirigimos al “restaurant del pueblo”, uno ubicado al pie de la calle principal, donde nos servimos dos sancochos y arroz con bistec de carne. Cuando llegó el segundo plato nos acordamos que la gente del lugar sí que trabaja fuerte, porque la porción ¡“se salía del plato”!

Descansamos un poco luego del almuerzo y mientras caminábamos rumbo a la casa de doña Felicia, íbamos analizando el lugar, disfrutando su tranquilidad, entre las miradas inquietas de los moradores al vernos forasteros.

Llegamos a casa de doña Felicia, por un letrero que indica el trabajo de su agrupación. Ella apenas llegaba, presurosa por la cita acordada. Saludamos cordialmente y nos invitó a pasar a su hogar, más precisamente a un salón en donde reposan algunos de los productos que ella, junto a las casi 30 mujeres que conforman AMA (Asociación de Mujeres Agroartesanales) fabrican, entre sombreros, bolsos, carteras, billeteras, binchas, manillas, artículos decorativos, etc.

El lugar se inundó de un tenue olor a banano. Mientras charlábamos, quedé enternecida con tanta hermosura. Las texturas, sus acabados, sus colores … todo era muy lindo. Doña Felicia nos explicó cómo están organizadas, cómo trabajan la fibra. Incluso nos enseñó cómo tejen los sombreros, cómo hacen el tinturado de la fibra, los moldes que emplean para fabricarlos. En pocos minutos ¡ya quería probarme todo y llevarme unos cuantos!

En algunos productos (sombreros y bolsos) me percaté que había otros materiales empleados. Y en efecto era así: era fibra de maíz, más específica las hojas, empleadas para realizar flores y apliques de mayor firmeza.

Necesitábamos hacer una foto para ilustrar este relato y más tardamos en escoger los elementos que en fotografiarlos, que fue todo un reto, porque debimos sacarlos al pie de la Panamericana, a fin de que yo pueda lucirlos y se aprecie la entrada a este pequeño lugar, en donde aún se respira tranquilidad, pero que esconde un negocio que va prosperando de a poco, de manera silenciosa, en las manos creativas y esforzadas de mujeres.

Los sombreros son el producto más importante y están cubriendo pedidos a nivel internacional, y también son adquiridos, regularmente, por delegaciones foráneas que llegan referenciados por algún agente turístico. Al año, al menos una decena de delegaciones llega al lugar para conocer esta singular artesanía. El precio promedio es USD 20, pero los precios varían según el accesorio, el acabado y el producto.

Lo mejor de todo –a decir de doña Felicia- es que los turistas no solo vienen a ver los sombreros y bolsos. A ellos se les permite disfrutar una experiencia turística vivencial, pues los llevan a una finca bananera para apreciar de cerca la producción de la fruta en todas sus fases, a degustar productos derivados como dulces, vinos, etc. Y a experimentar el tejido con la fibra del banano.

Sin duda, la visión de este puñado de mujeres sencillas está abriendo las puertas para mejorar la economía de toda la población, que se ve beneficiada de muchas maneras. Y AMA no se queda allí. Actualmente están fortaleciendo agrupaciones en el oriente ecuatoriano y también en Imbabura, para producir mayor variedad de artesanías en fibras y otros elementos naturales.

Tras agradecerle por la cordial acogida y felicitarla por el arduo trabajo que realizan nos dirigimos a la calle principal para tomar el bus de regreso, la misma línea 20, que cada 10 minutos entra y sale de la parroquia, rumbo a Machala, pero por dos trayectos diferentes. El precio del pasaje es de USD 0,45 por persona.

Autora: Kerly Farías – Colegio Juan Montalvo, Machala

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